Ocaso
Mayo 20, 2008
Se hallaba sentado en la misma banca oxidada. Su sombra se extendía, como de costumbre, por el suelo de aquel parque junto al lago.
El aire no era lo único que golpeaba su rostro ajado.
Con un hondo dolor recordaba, como si fuera allí mismo, los momentos y lugares que habían albergado sus pasos y sus alegrías, sus tumbos y tristezas, sus carreras y melancolías.
Sus párpados se abrieron de par en par y observaron inquietos lo que el mundo le ponía en frente…
Los novios, en un eterno cruce de ojos, se paseaban haciéndose promesas, regalándose flores del jardín y lanzándose millones de “te quieros”, cientos de “te amos” y, de pronto, un mísero “de veras”; haciendo que Cupido rasgara el aire con todas sus flechas e hiriera los corazones con aquello que algunos atrevidos llaman amor.
El niño armado de pelota, ya exhausto y con su hermosa sonrisa pueril, buscaba a la madre que plácidamente estaba recostada en el césped leyendo algún poema de aquellos que, de amores, sacan tantos suspiros.
Un esposo, aunque con sus hombros llenos de extenuante trabajo, corría pronto hacia su hogar con la foto familiar entre ceja y ceja; entre tanto que las aves regalaban al viento sus últimos trinos antes de partir con sus polluelos al calor del nido.
Hermosa y fatal, meneaba sus caderas y blandía su cabello una mujer que pasaba por el andén regalando miradas, ofreciendo sonrisas y vendiendo momentos.
Entonces, casi furtiva, danzante y lúgubre a la vez, una lágrima se colaba entre sus pupilas. Y, con cierto enojo, apretaba sus manos trémulas, preso de la impotencia y de la nostalgia.
Ya el sol se despedía en el horizonte iniciando su incontenible descenso hacia el ocaso, para volver a la próxima mañana; llevándose en su huida la poca luz que quedaba en el rostro de este ser que más que uno vivo parecía un inerte escombro de carne y hueso.
Conforme el cielo se pintaba más de carmesí, de igual manera, se iba tiñendo su alma de tardes, de “hasta luegos”, de unos “hoy no” y de otros tantos “vete, esto terminó” y con amargura se imaginaba si pudiera tomar el reloj de su vida y girar varios años atrás de sus manecillas. Pero no, ya no era posible. El saberlo acrecentaba su pena.
Sorbo tras sorbo que salía de botella que guardaba con recelo, como si ésta fuera el elixir mágico que lo apartaba por noches y hasta por días enteros de su realidad, quemaba su garganta ya débil de tantos nudos y gemidos que le provocaban su memoria; mientras su vista resultaba mojada.
Cuán fugaz era todo fuera de casa, cuán perennes resultaban los errores y sus consecuencias… Qué pesados eran los grilletes de esa cadena que le ataba al pasado… Cuán grande era el vacío que dejaba el perder todo un cálido hogar por una alcoba de calor efímero… Triste de verdad era saber que nada era como lo fue antes y que nadie lo esperaba en el muelle donde decidió, un día, anclar su navío para lanzarse al mar de la desesperación.
Acaso, ¿qué quedaba luego de nadar solitario en una corriente de incertidumbre para luego arribar a una playa tan desierta?. Nada, y nada tenía sentido ahora.
Cuán oscura era la noche que se avecinaba para el firmamento de su corazón… No vería la luna brillar sobre su cabeza, no maldeciría ya nunca un nuevo amanecer.
Su oído, tan endeble y vulnerable, escuchaba esos susurros que le invitaban a lo impensable y no hacía nada por evadirlos.
La cobardía mostró su gesto más valiente. Sin arrepentimiento alguno saludó a su ausencia…
Otro día empezó en aquel parque junto al lago y aquella banca oxidada trajo sobre sí un alma menos y un ocaso más, la culpa había dado su última estocada y esos ojos húmedos jamás vieron de nuevo luz alguna como la del horizonte que le decía no “hasta luego” ni “hoy no” ni mucho menos “vete, esto ha terminado” sino que se vieran en la mañana, que ese podría ser el día para llegar y recomenzar y tomarse un café mientras admiraba las aguas frente al parque.
Dicha mañana el sol iluminó aquel lugar; después partió tras las montañas cargando consigo el fulgor de quien ya no está… Más tarde se alzó la luna sobre el lago.
Casi era de noche mientras nadie le esperaba en el puerto.
Que bueno que hayas vuelto a publicar.
Me agradó mucho tu escrito porque desde el abordas esos pequeños detalles que nuestro afanoso vivir, a veces nos hace olvidar. (el niño con la pelota, el sol que se oculta…)
Me gusta esta entrada. Hay como bien lo señala Cati, un cuidadoso trabajo de observación de momentos cotidianos, más o menos íntimos, que expresas con palabras bellas y cadenciosas.